MEREDITH H. (Parte 2)
Si te perdiste la primera parte de —en realidad— esta tercera parte, pincha aquí.
Como el nuevo libro trataba sobre brujería había muchos datos que vertía directamente sobre las teclas del ordenador sin asimilarlos, pero me intentaba forzar muchísimo a quedarme con otros. Fue entonces cuando aprendí a bloquear a la «entidad» que me poseía desde hacía tantos años siguiendo las instrucciones de un viejo ritual que aparecía en uno de los capítulos, pero sólo lo hacía durante pocos minutos a lo largo del día, para que no llamase demasiado la atención.
Aprovechaba en mi tiempo de sueño, cuando se supone que tendría que estar durmiendo. Entonces cogía un cuaderno, un boli y empezaba a anotar todos los sitios donde habían tenido lugar las firmas de los libros, las ruedas de prensa, las conferencias... Buscaba en el ordenador esos sitios y anotaba teléfonos y horarios. Busqué por internet fotos de todos aquellos acontecimientos y las escudriñaba en busca de algún resquicio gráfico de la presencia de aquella chica ataviada de negro con tantas joyas, puesto que tenía la certeza de que era ella la que estaba detrás de todo esto. Y tras muchas búsquedas, muchísimas, di con esa foto. En todas parecía esconderse de las cámaras, parecía que sabía cómo hacerlo, pero ésta se le había escapado. No miraba al frente, no miraba hacia donde yo estaba aquel día, su mirada estaba levemente desviada a su derecha, pero eso no impedía verle perfectamente la cara. La guardé.
Y aunque sólo tenía eso, me agarré a esa foto como si fuera mi salvavidas.
Seguí haciendo mis pequeños bloqueos diarios, pero apenas eran de cinco —diez a lo sumo—, minutos cada noche, por lo que toda la búsqueda se demoró muchísimo. Un día miré de refilón por mi ventana y la vi enfrente de mi casa. No sabía si era amenaza o una mera advertencia, pero fuera lo que fuera, permaneció ahí parada durante largo rato.
Llevaba un vestido negro, una especie de kimono de encaje negro y todas sus joyas. Tenías los brazos cruzados sobre el pecho y me miraba con aquellos ojos de extraño fulgor dorado por debajo de su flequillo perfectamente perfilado. Movía los labios como la había visto hacer en todos aquellos encuentros anteriores y no sabía si trataba de decirme algo o simplemente me tenía ahí observando y nada más. Después de un rato se fue y yo seguí escribiendo y escribiendo. Ese día recuerdo que ni siquiera dormí.
Estaba claro que había descubierto lo que hacía y había venido a decírmelo con su presencia.
Y fue cuando escribí sobre como «ver» desde los ojos de otra persona. Por supuesto, tuve que ponerlo en práctica, pero era más arriesgado, porque de noche no me servía, necesitaba hacerlo de día para averiguar cosas de su vida: donde vivía, donde trabajaba, por donde se movía. Y obviamente todo esto sin salir de mi propia casa porque ella era quien claramente dictaba todos mis movimientos.
Me costó muchísimo dominar la técnica, pero finalmente y tras muchos intentos, lo conseguí.
Así que cinco minutos por la mañana y cinco minutos por la tarde me dedicaba primero a bloquear y después a ver, y fue así como conseguí conocer el interior de su casa, que tenía dos gatos, que vivía sola. Pude ver su entorno, donde iba a comprar. Donde tiraba la basura, como volvía a casa. Y me costó, me costó muchísimos días, yo diría que semanas, pero conseguí coincidir en mi visión justo cuando salía de comprar y volvía a su casa, y lo reconocí enseguida. Al ser de la misma ciudad supe donde vivía y lo anoté. Y aunque no podía mostrar ningún tipo de emoción ni ninguna alegría, en lo más profundo de mi ser, sentí una leve satisfacción.
Sentía que mi libertad estaba cada vez más cerca.
Pasé bastantes días sin necesidad de hacer nada de lo que había aprendido y así ella si tenía algún atisbo de sospecha, dejó de tenerlo. Estaba segura que de lo contrario habría venido a visitarme o incluso me habría hecho escribirlo.
Justo hacia el final del libro —que prometía ser todo un éxito de ventas como los otros—, me dio la clave de como deshacer el «hechizo», por llamarlo de alguna manera —aunque yo estaba más segura de que era una posesión—. Si el cuerpo «contenedor» quería expulsar al ente en cuestión, tenia que desprenderse de uno de los miembros del que más estuviera haciendo uso, pues la entidad siempre tenía un propósito para invadir un cuerpo. Si era por el don de la palabra, habría sido la lengua. Si hubiera sido fotógrafa, los ojos. Pero al ser escritora, estaba claro que tenía que ser una de mis manos, y al ser diestra, tenía que ser la mano derecha.
Algo dentro de mí se retorció de asco y de zozobra, pero duró muy poco.
Esa noche de madrugada usé el bloqueo para trazar un plan, debía ser rápida. Tenía su dirección, sabía como era su casa. Y más o menos la conocía a ella —por lo poco que la había visto a través de sus propios ojos—, así que podía averiguar sus reacciones. Sabía que no podía experimentar demasiadas emociones pero de lo que sí estaba segura es de que podría sentir el dolor al cortarme la mano derecha, pero tenía que ser fuerte. Si quería recuperar el control de lo que era mi vida y mi persona, tenía que hacerlo. Ya no quería ser una famosa escritora, de hecho es que si esto salía bien, no volvería a escribir en mi vida, aunque aprendiera a hacerlo con la mano izquierda.
El resto de días usé pequeños bloqueos cortos para hacer salidas muy breves —puesto que en todo este tiempo apenas había salido del piso y todas las compras que realizaba las hacía online—. Lo hacía a horas que sabía que ella podía estar ocupada, y muchas veces me cercioraba de que así fuera. Conseguí una caja de cartón, compré un cuchillo enorme y afilado, compré cinta americana, y armé un botiquín improvisado para detener la hemorragia el tiempo suficiente antes de poder llamar a una ambulancia habiendo recobrado el control sobre mi persona por completo. Ni siquiera sabía si sobreviviría, pero tenía que probar a hacerlo.
Como obviamente yo no iba a poder ir en persona a dejarle mi obsequio —que era también un pequeño guiño a lo que estaba ahora 100% segura que había hecho ella con el pobre Parker—, contacté con un chaval que se ofrecía a hacer servicios de paquetería en una app de compra venta. Contacté con él de madrugada a través de mi olvidado móvil. Le di unas instrucciones muy concretas: tenía que venir el día establecido a las dos y media de la madrugada a recoger una caja que tenía que dejar en la puerta de la dirección indicada. Le dije que no tendría problema en abrir la puerta del portal puesto que a través de los ojos de la entidad había visto como no funcionaba y se abría empujando con fuerza. También le dije que la asustara golpeando la puerta y permaneciendo en silencio. Me dijo a todo que ok —la suma de dinero era bastante cuantiosa—, y cerramos el trato.
También dejé una nota preparada que iría dentro de la caja.
Al tenerlo todo planeado, dejé pasar los días con normalidad, Sin bloqueos, sin visiones. Me dejé guiar, seguí escribiendo. Seguí experimentando la vida sin emociones. Pero ya estaba cerca el final.
Cundo llegó el día, el libro ya estaba terminado y el manuscrito enviado a la editorial, así que todo entraba dentro de los tiempos establecidos.
Esperé pacientemente a que diera la una y media de la madrugada y entonces tuvo lugar el bloqueo final. Tenía una hora exacta para llevar a cabo aquel horrible acto de auto mutilación —no me lo podía creer—, pero tampoco podía creerme la vida que había llevado los últimos tres años, así que no había tiempo que perder pero si mucho tiempo que recuperar.
Lo preparé todo con especial cuidado mientras sonaba en repeat una canción instrumental de fondo que aparecía en la última novela escrita. Puse toallas encima de la mesa del comedor, cogí el cuchillo, cogí alcohol, gasas, vendas, dejé la caja preparada, el móvil cerca y me dispuse a ello. Me di cuenta de que al tenerla bloqueada más tiempo de lo normal —recordemos que lo habitual oscilaba entre los cinco y los diez minutos a lo sumo, jamás sobrepasaba ese límite—, podía sentir más el control sobre mí misma, de un modo pesado, poco nítido, pero más que de normal, así que sentí una pequeña porción de miedo, nerviosismo e incomodidad.
No paraba de repetirme que tenía que hacerlo, de lo contrario, jamás sería libre.
Así que me senté, coloqué la mano sobre la mesa con la palma mirando hacia arriba y los dedos extendidos y cogí aire varias veces. Afortunadamente siempre había tenido más fuerza en la mano izquierda así que eso me «tranquilizaba» a la hora de bajar el cuchillo.
No me tomé ningún tipo de tranquilizante ni usé ningún anestésico porque debía mantenerme completamente lúcida para llevar a cabo la preparación posterior y llamar a la ambulancia.
No lo demoré más porque el repartidor llegaría a las dos y media de la madrugada y eran casi las dos.
Eché un buen chorro de alcohol sobre la muñeca y limpié el filo. Dentro de que me iba a mutilar no quería morirme ni desangrada y mucho menos por una infección. Me obligué a que fuera un solo golpe, directo, definitivo. Y así fue. Ni siquiera hice una cuenta atrás, ni lo pensé. Cerré los ojos después de asegurarme de la dirección en la que tenía que bajar el cuchillo, los apreté con fuerza a la vez que notaba como se me humedecían los lacrimales y dejé caer el cuchillo pegando un grito a la vez. Cuando noté el golpe sobre la madera y como se separaba el hueso, abrí los ojos.
Obviamente me dolió, me dolió mucho. Grité, lloré. Me empecé incluso a reír, víctima de los nervios, del shock, pero me obligué a ser rápida, tenía que serlo. La sangre salía a borbotones así que hice lo que había podido leer en mis escasos ratos de investigación: cubrí el extremo amputado con gasas, me hice un torniquete para detener la hemorragia con un cinturón y envolví el muñón con vendas y con una toalla. Con la otra mano —que me temblaba muchísimo—, deposité mi mano amputada en la caja y dentro de la mano, la nota. Cerré la caja, la precinté y la dejé fuera de mi piso, junto a la puerta, en el rellano, así el repartidor sólo tendría que cogerla e irse.
Por supuesto, el piso era un desastre, lleno de sangre —aunque ya casi se había cortado la hemorragia—, y yo estaba muy débil. Marqué el número de emergencias y entre sollozos y con la vista nublada les expliqué que había tenido un accidente doméstico y que había sufrido un corte muy grave.
Para cuando la ambulancia llegó el chico ya había venido y se había llevado la caja. Le abrí el portal, subió, golpeó la puerta para decirme que ya estaba, le hice un bizum con la cantidad acordada y cuando lo recibió, se marchó corriendo sin hacer preguntas.
Cuando la ambulancia llegó yo estaba tendida en el suelo muy mareada. Miraba al techo y respiraba lentamente, pero por primera vez en mucho tiempo me sentí yo. Por fin. Sentía como se me debilitaba el pulso. Sentía por primera vez el dolor que me había causado la partida de mi novio. Sentía el dolor que le había causado yo. Sentía la ausencia de mi familia, de mis amigos. Y sentía la ausencia de mi mano. En su lugar un trozo de carne que palpitaba y que si no atendían pronto se gangrenaría llevándome posiblemente a la muerte.
Había dejado la puerta entreabierta en previsión.
Y antes de que mis ojos y mi conciencia se apagaran por el efecto del sedante que me estaban administrando, pude ver a través de los ojos de la chica del flequillo como se despertaba súbitamente por un golpe en la puerta a las 02:58 de la madrugada.
Sonreí, por primera vez en mucho tiempo.
Y después, me sumí en la más absoluta oscuridad.




Me quedé con la piel chinita y corazon al mil por hora, y ahora estoy intrigadisima por saber más de la chica del flequillo 😱😱😱
Gran historia